Apart Lima 265
EN TIERRA DEL FUEGO COMO EN EGIPTO
Las siete plagas de Fabiana Ríos
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Cuenta el Antiguo Testamento que Moisés y Aarón se presentaron ante el faraón egipcio y le dijeron que si no liberaba al pueblo hebreo, Dios lo castigaría con una serie de sucesos calamitosos que azotarían a su regido y a todo el pueblo egipcio. El faraón, desafiante, les dijo a Moisés y Aarón que tenía espalda suficiente como para tolerar el castigo de Dios. Provocador, el faraón no escuchó a los emisarios de Yahvé y desde su dorado trono observó inmutable como el pueblo egipcio sufría a causa de su necedad.

(19/06/2009) Primero llovieron sapos, más tarde las aguas se convirtieron en sangre. El faraón no cedía y se mostraba más desafiante aún. Más tarde, Moisés esparció cenizas de un horno hacia el cielo y con ello le produjo un sarpullido insoportable al pueblo egipcio. El faraón, inmutable, seguía firme en su postura.
A pesar del clamor popular, las plagas seguían abatiendo al pueblo egipcio, tanto que el granizo se convirtió en bolas de fuego que incineraron lo poco que tenía la gente. Como si eso no fuera suficiente, una plaga de langostas se encargó de arrasar las cosechas.
Ya sin nada, el pueblo rogaba a su líder que cediera, que mostrara su grandeza y dejara de lado su postura que tanto dolor y angustia habían traído consigo. Pero no, el faraón siguió firme y no cedió ni un solo paso.
Así, Egipto se cubrió de tinieblas durante tres días, "tan densas que podían palparse" (Ex. 10:21) y el pueblo, sosegado, optó por asimilar el mal sin quejarse. Es que de nada servían las súplicas ante la postura inexorable del faraón.
Y un día, Dios castigó al pueblo egipcio quitándole la vida de sus primogénitos y del ganado que les pertenecía, tragedia que golpeó al faraón quien ya vencido aceptó la derrota y permitió el éxodo del pueblo judío, convencido a los golpes del poder del Pueblo de Dios.
Todo un pueblo sufrió las consecuencias de la necedad de un faraón, de un líder que no quiso aceptar que otros podían tener más razón que él. De un líder que a causa de su parquedad permitió que todo un pueblo sufriera.
A miles de años de ese relato bíblico, la historia -al menos en su idea intrínseca- vuelve a repetirse. Tierra del Fuego vive por estos días momentos de zozobra y sus líderes parecen no escuchar la voz de la gente que clama por respuestas. Es que el faraón (o la faraona, si se quiere), al igual que en Egipto, sigue inmutable ante la voz pavorosa de una sociedad que exige acciones concretas y que no se contenta con el mensaje de "transparencia" que para algunos es motivo suficiente como para merecer el trato que los pueblos antiguos les brindaban a los monarcas.
Fabiana Ríos ha demostrado hasta ahora ser muy parecida al faraón del relato bíblico. Y como él, también padece sus siete plagas. Calamidades que por indeferencia o incapacidad derrumban a todo un pueblo que al igual que el egipcio, optó por no quejarse, posiblemente desilusionado por haber optado por una alternativa que terminó siendo "más de lo mismo".
Las usurpaciones podrían mencionarse como la primera de las plagas de Fabiana Ríos y quizá una de las únicas no generada bajo su mandato aunque poco se hizo en estos casi dos años para frenar su avance.
Inicialmente, los primeros asentamientos en Ushuaia y Río Grande se iniciaron como un auténtico reclamo de aquellos que no tenían dónde vivir. Con el correr del tiempo, la necesidad le dio paso al oportunismo y lo que en principio era una realidad social preocupante se convirtió en un chasco para vecinos incrédulos que sufren las consecuencias de este flagelo.
Es que en Ushuaia se asentaron cientos de familias en la ladera del monte, con todo el peligro que ello acarrea para sus propias vidas. A eso hay que sumarle el desastre ecológico que conlleva la tala indiscriminada de bosque autóctono y el vertido de líquidos cloacales "donde se pueda".
En Río Grande el panorama no es mejor. Cruzando el puente, allá donde nadie los ve, viven miles de familias entremezcladas. Hay trabajadores, hay humildes luchadores que se animan a vivir entre la dignidad y la vergüenza, y hay oportunistas y delincuentes.
Todo bajo la atenta mirada de un Gobierno que se convierte en cómplice de aquellos que se instalan en los asentamientos y que desde ese lugar buscan sacar rédito de la indigencia, al punto de haberse convertido en funcionarios de esta gestión que mira para otro lado.
No hay estadísticas oficiales sobre la cantidad de personas que viven en los asentamientos fueguinos -al menos esos datos no se conocen públicamente- pero quienes saben aseguran que solamente en Río Grande el número podría llegar a los 13.000 habitantes irregulares mientras que en Ushuaia, sobrepasa los 10.000. Es decir, poco más del 10% de los habitantes de la provincia es usurpador.
Otro mal que aqueja a este Gobierno y repercute sobre la sociedad es la relación con el Gobierno K. Fabiana Ríos se sabe que está en las antípodas ideológicas de Cristina Fernández y su esposo Néstor Kirchner. Y no lo disimula. Muy recordadas y difundidas fueron las declaraciones de la gobernadora fueguina, que tras ir a solicitar apoyo económico a los K fue tapa del diario Perfil al decir que "cuando alguien invade, es porque hay otro que se deja invadir", en obvia alusión al rol que juega el ex Presidente en el mandato de su esposa y ex senadora por Santa Cruz.
Para muchos, esas declaraciones fueron el acta de defunción de las relaciones entre Tierra del Fuego y el Poder Central. Nadie lo admite pero basta con observar la escasa ayuda que los K han brindado a la gestión del ARI fueguino para observar que no hay feeling, que no hay onda. Y el pueblo lo percibe, lo siente y lo que es peor, lo sufre.
El megapase es otra pesada herencia de este Gobierno, pero al igual que con las usurpaciones, poco se hizo para frenar la embestida del empleo público como única solución.
Más de 3.000 ciudadanos ingresaron a la administración pública sin que se hayan analizados edades, capacidades o habilidades. Se los empujó a través de un embudo y se los apiló en las oficinas y dependencias donde pululan decenas de personas muchas veces sin tareas fijas.
El Gobierno de Fabiana Ríos, lejos de reducir la planta operativa del Estado, que se come mes tras mes casi el 90% del dinero disponible, sostuvo a los trabajadores y se negó a asumir el costo político que representaría un drástico reajuste, tal cual la lógica indica. Y es Tierra del Fuego la que lo sufre, incluidos aquellos que por acceder a un trabajo digno se convirtieron en víctimas del megapase.
La relación con los gremios es, sin dudas, la más auténtica y genuina plaga de Fabiana Ríos, generada por ella misma y sus funcionarios, incapaces de ponerse de acuerdo con los sindicatos. Los gremios estatal (ATE), de educación, (SUTEF), de la salud (ATSA) y de la televisión (SAT) son solo algunos de los que han mantenido sendos conflictos (algunos sin resolverse) con el actual Gobierno.
Muchos de los reclamos planteados por los sindicatos fueron polémicos pero otros fueron sustentados en documentos firmados por el propio Gobierno, que luego miró hacia otro lado. Está claro que el Gobierno adoptó como estrategia dos posturas: la prolongación de los conflictos para desgastar el reclamo y la división de fuerzas, tal cual lo hizo con ATSA-ATE. Ahora, de soluciones ni hablar.
La economía provincial es uno de los flagelos que más golpea a la sociedad y que más preocupados tiene a los habitantes de la provincia que se preguntan hasta cuando se puede sostener una situación tan caótica e imprevisible.
Es que el 90% de los recursos se destina a salarios para los empleados de la Administración Pública. Con el otro 10% se debe "atender" la educación, la obra pública y la salud, entre otras cuestiones. No hay plata para nada más y la sociedad lo siente. El déficit mensual de esta gestión ronda los 50 millones de pesos y el camino se hace cuesta abajo. Fabiana Ríos paga los sueldos en cómodas cuotas y hasta la forma de pago del aguinaldo está en duda. Al parece, a este Gobierno solo le alcanza con abonar los sueldos. Estirar la agonía, le dicen.
Otra plaga, los conflictos políticos internos. Sin Carlos Bassanetti en el cargo de vicegobernador, la Legislatura parece esquiva y distante para Fabiana Ríos. Ni siquiera contar con un amplio número de legisladores aristas le allanó el camino. Es más, muchas veces sus propios escuderos se vuelven más opositores que la oposición misma.
Además, no hay figuras relevantes en los municipios y el rol asumido por su esposo y concejal Gustavo Longhi la expone aún más, generando las críticas más diversas hacia la figura de él (la de Longhi) y la de ella (la de Ríos).
Por último, y probablemente la plaga más ácida, el descrédito de la sociedad que votó a Fabiana Ríos con la esperanza de que rigiera los destinos de forma diferente al común denominador de los ex gobernadores fueguinos. Nada de ello ocurrió. La transparencia como bandera es cuestionada por propios y extraños (la firma del convenio con empresarios chinos es muestra de ello) y el crédito de la sociedad se acabó hace rato.
Irritable, cuestionado a aquellos que la cuestionan y ponderando su autocrítica a igual acción de parte de sus pares ("Yo me hago cargo pero que los demás también se hagan cargo", dijo Ríos en la apertura de sesiones de la Legislatura), Fabiana Ríos vive horas difíciles.
¿Podrá la primera gobernadora del país asumir sus errores y torcer el rumbo o será como aquel faraón que observaba inmutable como su pueblo sucumbía?
¿Habrá capacidad en Fabiana Ríos para dejar de lado sus diferencias con el resto de la dirigencia política o será como aquel faraón que creía ser dueño de la verdad?
¿Asumirá sus propias limitaciones para el bien de la sociedad o será como aquel faraón que solo admitió su error cuando el pueblo estaba doblegado?
Por ahora son solo preguntas. La gobernadora Fabiana Ríos tiene las respuestas. Mientras, el pueblo espera que las plagas pasen y que sus consecuencias no sean tan alarmantes como las de aquel relato bíblico.

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